Las brujas de Salem

La verdadera historia de las brujas de Salem

La historia de las brujas de Salem empieza en el invierno de 1692, cuando una de las hijas de Samuel Parrish, el reverendo, se enferma. Sufre convulsiones, tiene una alta fiebre y grita incoherencias. Nadie sabe qué le pasa, y la única explicación que se encuentra está en un libro, 'Memorable Providences', del reverendo Cotton Mather, que cuenta el caso de brujería de una lavandera en Boston con los mismos síntomas que la hija de Parrish.
Poco después, más chicas jóvenes, y algunos chicos, enferman también en la localidad. Se quejan de que sienten como mordeduras y picaduras en la piel y también hablan en idiomas que nadie entiende y se retuercen en contorsiones que, a los ojos de los habitantes de Salem, parecen diabólicas. Para complicarlo todo más, Parrish tiene un esclavo, Tituba, que se trajo de Barbados, y que entretiene a las niñas con cuentos de vudú y leyendas de su tierra. Como los extraños síntomas de las chicas no consiguen sanarse, ni explicarse, se recurre a la única solución que les cabe en la cabeza a los próceres locales: todo aquello es obra del diablo. Entre ellos tiene que haber brujas escondidas.
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¿El resultado? Entre junio y septiembre de 1692, catorce mujeres (con edades comprendidas entre cinco y casi 80 años), cinco hombres y dos perros fueron encontrados culpables de brujería y ahorcados por ella. La colonia se sumió en la histeria y la paranoia, con familiares delatando a sus propias esposas, madres e hijas y cientos de personas siendo acusadas, sin pruebas reales, de ser servidoras del diablo. Y en otoño, todo aquel revuelo cesó.
En el mes de enero, Betty Parris y Abigail presentaron un caso de extraña conducta, con gritos, arrojando cosas, poniéndose en extrañas posiciones y hablando en jerigonza. Otra chica, llamada Ann Putnam, proveniente de la familia más influyente del pueblo, también presentó el mismo comportamiento. Un doctor del lugar diagnosticó que las acciones eran causadas por fuerzas sobrenaturales.
A finales de febrero, las chicas dijeron que tres mujeres eran las causantes de su mal: Tituba, una esclava del Reverendo Parris; Sarah Osborne, una mujer mayor; y Sarah Goode, una desamparada y mendiga.
El 1 de marzo, las tres mujeres fueron interrogadas durante días. Osborne y Goode se declararon inocentes, no así Tituba. Las tres fueron detenidas en la cárcel. La hija de Goode, de cuatro años, también fue interrogada y llevada a la cárcel junto a su madre.
Poco a poco la conducta extraña se manifestó en mayor número de niñas y adolescentes, quienes afirmaron la existencia de brujas que volaban en el mango de escobas, presencia de espectros y acusaron a varios residentes de crímenes y pactos con el diablo.
Aquellos que criticaban los juicios, y tenían dudas de la veracidad de las acusaciones eran acusados a su vez y en algunos casos colgados en la horca.
En estos juicios que se realizaban, se aceptaba la existencia de fantasmas, espectros malignos y de por supuesto, del diablo. Los acusadores podían ser cualquier persona que pensara que había sido testigo de alguna brujería. 
Comenzaron a existir tantas personas, especialmente mujeres, acusadas de brujería que el gobernador de Massachusetts, William Phips, debió crear un tribunal especial que se concentrara en esta caza de brujas y que fue presidido por el juez William Stoughton, un hombre, extremadamente religioso y que no tuvo ningún problema en sentenciar a quienes era acusados de realizar prácticas malévolas.




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